jueves, 19 de octubre de 2017

BLADE RUNNER 2049 (2017), DE DENIS VILLENEUVE. EL ALMA DE LA MÁQUINA.

Dejo aquí mi comentario acerca de una de las películas más esperadas del año, la segunda parte de la madre de todas las películas de culto. En esta ocasión, junto con mi compañero Eduardo González. Aquí el enlace:

http://astoria21.es/critica-blade-runner-2049/

miércoles, 18 de octubre de 2017

LA TIENDA DE LOS SUICIDAS (2007), DE JEAN TEULÉ. EL SUPERMERCADO DE LA MUERTE.

Una de las mejores formas de humor es el humor negro. Si se aborda correctamente, sin traspasar la tenue línea de lo que una determinada sociedad considera tabú (por ejemplo, hacer humor de las víctimas del terrorismo), resulta una manera estupenda de reirnos de nosotros mismos, de nuestros miedos y de nuestros defectos. ¿Y qué es más temido que la muerte? Aunque todos desechamos ese miedo en el día a día, a veces nuestros pensamientos derivan hacia ese trance tan inevitable como indeseado. Pero ¿qué sucedería si en el futuro construimos una sociedad en la que la idea de suicidio contenga cierto atractivo? Pues como un negocio como el que presenta Teulé en La tienda de los suicidas, sea tan popular como próspero.

Aunque no se ofrecen muchos detalles, la novela transcurre en un futuro siniestro, en el que parece que el cambio climático es una realidad que ha llevado a gran parte de la humanidad a un sentimiento de desesperación y derrota. El establecimiento que regenta la familia Tuvache (que es presentada como una especie de remedo de los televisivos Monster), ofrece toda clase de servicios de ayuda al suicidio, contando con los métodos más originales e innovadores, para asegurar al usuario no fallar en el intento. En consonancia con su dedicación, los miembros de la familia son pesimistas y malencarados, creando el ambiente propicio para que la clientela no se eche atrás en la decisión tomada. Pero en todos los grupos existe una oveja negra - o blanca, en este caso - y el hijo menor de los Tuvache, Alan, ha resultado ser un optimista nato, que no depone su actitud ni cuando es enviado a pasar una temporada al campamento de terroristas suicidas...

La tienda de los suicidas es una narración con un buen planteamiento, que comienza con buenas dosis de ironía, pero cuya trama poco a poco se va desinflando, hasta derivar en un mensaje más propio de los libros de autoayuda que de una obra dirigida al público adulto. Porque hay pasajes en los que Teulé parece escribir para los más jóvenes, como si toda la segunda mitad de la novela fuera un gran cuento moral destinado a fomentar el arma del optismo contra un mundo oscuro y hostil. Es una lástima, porque el argumento daba lugar a muchas posibilidades interesantes y se ha elegido quizá la más fácil y previsible. No es que la lectura de la novela se haga desagradable, pero constituye un ejercicio demasiado ligero, cuando se está tratando un asunto tan serio y con tantas implicaciones.

jueves, 12 de octubre de 2017

ESPAÑA Y CATALUÑA. HISTORIA DE UNA PASIÓN. (2014), DE HENRY KAMEN. UNA RELACIÓN CONFLICTIVA.

Desde hace varias semanas España vive unas jornadas de vértigo, una situación que no por haber sido anunciada repetidamente en los últimos años se hace más comprensible. La realidad es que uno de los territorios más prósperos de la Unión Europea, que goza de unos niveles notables de autogobierno y de un nivel de vida muy por encima de la media del resto del país está dedicando todos sus esfuerzos a estimular un proceso de independiencia que le coloca al margen de toda la legislación española y de la Unión Europea. Porque si observamos dicho proceso desde un punto de vista estrictamente jurídico, su concepción resulta un auténtico disparate. Un Parlamento autonómico se saca de la chistera en una tarde una serie de leyes que derivan en un referéndum de autodeterminación organizado con prisas y con la total oposición del Estado. Las escenas vividas el 1 de octubre, día en que se produjeron numerosos excesos policiales para intentar detener la jornada electoral ilegal, no han hecho sino estimular el victimismo propio que está en las entrañas de todo nacionalismo que se precie. Pero ¿cómo hemos llegado hasta este punto tan irracional como peligroso? La respuesta, como casi siempre, está en la Historia, una disciplina apasionante que, si se sabe manipular a conveniencia, puede convertirse en un arma arrojadiza formidable. 

Es importante resaltar que la situación española de los últimos años, con una crisis económica devastadora para muchos ciudadanos, sazonada con una enorme cantidad de casos de corrupción, no ha hecho sino estimular a un independentismo que no ha dudado en señalar a España como causante de todos los males que padecía Cataluña, obviando que buena parte de la corrupción que ha asolado el país está conformada por décadas de prácticas irregulares por parte de Convergencia i Unio y sus socios. Desde la llegada de los primeros Habsburgo, la península ibérica se había organizado como una especie de comunidad de naciones que reconocían al monarca como su Señor, pero que contaban con sus propios fueros. La Corona de Aragón, de la que formaban parte los territorios catalanes, era uno de estos territorios, cuyos privilegios legislativos eran protegidos por sus propias Cortes. Esto no quiere decir que Cataluña llegara a ser jamás un territorio independiente, pero sí que mantenía sus propias instituciones de autogobierno en el contexto de la Corona aragonesa.

Todo nacionalismo necesita una mitología para sobrevivir y el catalán la encontró en los acontecimientos de 1714, cuando las tropas de Felipe V, al final de la Guerra de Sucesión, entraron en Barcelona y abolieron las instituciones tradicionales que habían regido la existencia de los catalanes e impusieron los Decretos de Nueva Planta. Pero aquello no fue, como aseguran los nacionalistas, una lucha por la independencia de Cataluña, sino el último episodio de un conflicto mucho más largo, enmarcado en un contexto europeo, en el que se produjo el cambio de la monarquía hispánica de los Austrias a los Borbones. Muchos catalanes habían apoyado al pretendiente perdedor, el archiduque Carlos y otros muchos se habían decantado por Felipe V. La resistencia final de Barcelona, estimulada de manera temeraria y casi criminal por Rafael Casanova, culminó en la rendición de la ciudad el 12 (no el 11), de septiembre de 1714, fecha que el catalanismo del siglo XIX rescató como germen del nacimiento de una nueva Cataluña, pues, como dejó dicho Ernest Renan, "los sufrimientos tienen más valor que los triunfos, porque los sufrimientos imponen obligaciones y requieren un esfuerzo común". En la visión del mundo del nacionalismo, los agravios contra Cataluña por parte de Castilla comenzaron mucho antes, pero 1714 es la fecha capital que demuestra la represión que siempre ha ejercido el centralismo contra un pueblo oprimido.

En los últimos cuarenta años, la Generalitat ha tenido tiempo de adoctrinar a generaciones de catalanes en una visión tergiversada e interesada de la historia, ha empleado grandes recursos en campañas internacionales de reconocimiento de un supuesto derecho a decidir y en campañas de fomento del catalán como lengua imperante en la región (después de otras tantas décadas de represión franquista, bien es cierto). A estas alturas se torna una tarea imposible convencer a miles de catalanes nacionalistas de que no son un pueblo oprimido y de que gozan de derechos y libertades equivalentes a los de cualquier ciudadano de la Unión Europea. Después del esperpento del que hemos sido testigos el pasado 10 de octubre, la situación es todavía muy peligrosa, pues la previsible intervención del Estado a la autonomía será instrumentalizada por Puigdemon y los suyos como una intolerable agresión que deberá ser contestada en las calles. Quizá nos ayude recordar las palabras que Baltasar Gracián escribió en 1640, para advertir que estos problemas vienen de muy antiguo:

"En la Monarquía de España, donde las Provincias son muchas, las naciones diferentes, las lenguas varias, las inclinaciones opuestas, los climas encontrados, es menester gran capacidad para conservar, assí mucha para unir".

jueves, 5 de octubre de 2017

POEMAS Y CANCIONES (1918-1953), DE BERTOLT BRECHT. LA VERDAD ES CONCRETA.

Como la mayoría de los alemanes de su generación, la vida de Bertolt Brecht estuvo marcada por dos terribles guerras mundiales. Aunque durante la primera, que aconteció cuando todavía era muy joven, se dejó llevar por la ola de patriotismo que asoló todo el país, bien pronto, con la llegada de los primeros soldados terriblemente mutilados y avergonzados por la derrota, Brecht advirtió la verdadera naturaleza de los conflictos y la de los canallas que los alientan. Una balada compuesta en 1919, acerca de un cadáver putrefacto de un soldado alemán, que los mandos desentierran para utilizarlo como carne de cañón, le valió una acusación de alta traición. Un poco más adelante, los nazis utilizaron sus escritos para declararlo enemigo del pueblo y retirarle la nacionalidad alemana. Para el escritor comenzaría un largo periplo que le llevó de exilio en exilio por las capitales de medio mundo. 

Quizá la premonición del catastrófico porvenir le llevó a escribir estos versos, que desarrollan la idea del carpe diem:

No os dejéis engañar
con que la vida es poco.
Bebedla a grandes tragos
porque no os bastará
cuando hayáis de perderla

La idea de escritor comprometido con su tiempo, que asume el deber de denunciar tremendas injusticias se encuentra en este manifiesto autobiográfico:

Soy un autor dramático. Muestro
lo que he visto. Y he visto mercados de hombres
donde se comercia con el hombre. Esto
es lo que yo, autor dramático, muestro.

Personalmente, me conmueven estos versos, que demuestran una tertura desmesurada por los objetos, por su utilidad más allá de su uso cotidiano, por el arraigo a instrumentos que otros encontrarían perfectamente inútiles:

De todos los objetos, los que más amo
son los usados.
Las vasijas de cobre con abolladuras y bordes aplastados,
los cuchillos y tenedores cuyos mangos de madera
han sido cogidos por muchas manos. Éstas son las formas
que me parecen más nobles. Esas losas en torno a viejas casas,
desgastadas de haber sido pisadas tantas veces,
esas losas entre las que crece la hierba, me parecen
objetos felices.

Pero en lo que más destaca Brecht es en reflejar en sus escritos el terrible ambiente que impregnó Europa en la Segunda Guerra Mundial. Una realidad de terror, muerte y destrucción de la que no se libraban los más inocentes. Hay un poema durísimo acerca de una peregrinación de niños que trata de huir de la guerra y van muriendo poco a poco y otros que reflejan la conmoción de los alemanes al ver sus ciudades y pueblos - es decir, su alma - destruídas por los bombardeos. Se puede criticar su militancia comunista y su aceptación en 1955 del premio Lenin de la Paz, un equivalente al Nobel que otorgaba la Unión Soviética, pero sus Poemas y canciones quedan como una de las cumbres de la literatura de denuncia escrita en unos tiempos muy oscuros.

jueves, 28 de septiembre de 2017

CINE O SARDINA (1997), DE GUILLERMO CABRERA INFANTE. UN OFICIO DEL SIGLO XX.

¿Cuál es la función del crítico cinematográfico en el mundo actual? Es evidente que han perdido buena parte de su influencia, si es que, en realidad, alguna vez la tuvieron, pero todavía se trata de un oficio necesario, porque los amantes del cine necesitamos a gente con buen criterio que sea capaz de separar el trigo de la paja, que nos oriente en el laberinto que suponen los estrenos que se suceden semana a semana (por suerte, infinitamente menos enrevesado que el laberinto literario). Ya muchos somos los que acudimos directamente a webs como Filmaffinity para contrastar lo que opinan los espectadores de a pie acerca de una película. Pero yo personalmente procuro complementar tales discursos con los más trabajados que nacen de la pluma de los críticos profesionales. Suelo leer mes a mes la revista Dirigido, que me parece la más solvente entre la amplia oferta que ofrece el mercado y escuchar en lo posible a algún crítico en la radio. Lo fascinante viene cuando la película es comentada por una estrella del universo literario, como Guillermo Cabrera Infante.

Lo primero que cabe decir de Cine o sardina es que se trata de un volumen bastante irregular. Artículos de indudable interés se mezclan con otros en los que hay mucha más erudición que un discurso verdaderamente atractivo, como cuando cuenta las andanzas de personajes cubanos e hispanoamericanos en el siempre exigente mundo de Hollywood. Lo que sí que está presente en todos los escritos es la intensa pasión y amor que Cabrera Infante siente por el séptimo arte: desde niño el cine ha sido para él un objeto de placer y fascinación, una ventana por la que asomarse a un mundo que sería inaccesible de cualquier otra manera (incluso a la literatura le falta a veces la fuerza de las imágenes que solo es capaz de ofrecer una buena película) y ser testigos de formas de vida antagónicas con la nuestra, pero con las que somos capaces de identificarnos. Todo se resume en una frase que me ha gustado mucho:

"Como sabemos, la visión del cine está en los ojos del que mira."

Y también nos habla de la íntima relación del espectador con las imágenes, de la apelación que realizan éstas a nuestros sentimientos más primitivos:

"La cámara (y la pantalla de televisión también) es una rape machine: la máquina de violar imágenes."

Como corresponde a un alguien que siempre escribe con un reconocible estilo literario, las crónicas cinematográficas de Caín están repletas de juegos de palabras y estimables giros lingüísticos que las hacen casi siempre más atractivas y a veces un poco menos ligeras de lo que deberían ser.  Cabrera Infante no le hace ascos a ningún género, ningunea un tanto el cine mudo y escarba en el pasado de directores, actores y actrices. Además alaba el vídeo doméstico como una bendición para cualquier amante del cine (¿qué hubiera opinado hoy del blue ray?). Cine o sardina es una lectura apta para cualquier amante del cine o de la literatura, que quiera profundizar en la vinculación profunda que siempre ha existido entre ambas artes.

domingo, 24 de septiembre de 2017

DÉJAME SALIR (2017), DE JORDAN PEELE. CUANDO HUIR ES LA RESPUESTA.

En pleno siglo XXI, el problema racial estadounidense es un dinosaurio que todavía sigue y, lo que es peor, tiene síntomas de crecimiento debido a un presidente Donald Trump, cuyo discurso acerca del racismo es todo, menos sutil. Lo cierto es que los estallidos violentos respecto a este asunto son esporádicos, pero virulentos. En cierto modo Déjame salir, ópera prima de Jordan Peete, es hija de este clima ahora reavivado por las sucesivas polémicas que Trump protagoniza y protagonizará en los próximos años: el pirómano encargado de apagar el fuego.

La situación de partida de la película casi remite a esas peliculas de domingo por la tarde en Antena 3 a la hora de la siesta: una atractiva pareja interracial que viaja a conocer a los padres de ella. Él va un poco nervioso, porque va al encuentro de lo desconocido. Ella trata de tranquilizarlo, aunque sus palabras tampoco son definitivas respecto a lo que van a encontrar en la casa familiar. La llegada ya va acompañada por un signo de inquietud: la cordialidad de los padres parece un poco impostada y la actitud de la criada negra que sirve a sus amos blancos, resulta una especie de pincelada tragicómica en medio de un clima levemente enrarecido. Pronto el ambiente írá trocándose a colores más sórdidos: Chris se siente cada vez más acorralado ante unos seres que parecen estar interpretando una obra de teatro a su alrededor. El protagonista solo tiene una vía de contacto con el exterior: a través de un móvil que va y biene, habla con su mejor amigo, un negro tópico, gracioso, paranoico y dado a creer teorías de la conspiración, una cualidad esta última que podría ser de bastante utilidad ante la situación que se está creando...

Planteando un inteligente discurso sobre el racismo en nuestros días y acerca de la posibilidad de dar pasos - o zancadas - hacia atrás en la solución de un mal enémico, Déjame salir mezcla varios géneros - el terror, el suspense y algunos toques de comedia - para entregar una trama sólida, cuyo único defecto reside en alargarse un poco en exceso y en resolverse de una manera un tanto facilona. No obstante, se trata de una propuesta interesante desde un punto de vista ideológico e irónico: cuando todo es en exceso políticamente correcto, puede que los demonios del discurso supremacista estén pugnando por salir a la superficie. Lo mejor es que las conclusiones finales son más ambiguas - al final no se sabe de quien es o será la victoria - de lo previsible en este tipo de producciones.

viernes, 22 de septiembre de 2017

LA BATALLA DE ROMA (2003), DE ROBERT KATZ. LOS NAZIS, LOS ALIADOS, LOS PARTISANOS Y EL PAPA.

La imagen que ilustra este artículo es una de las más insólitas de las que se dieron en Roma entre julio de 1943 y junio 1944, once largos meses en los que la suerte de la Ciudad Eterna, de sus ciudadanos y de su inmenso patrimonio histórico, estuvo pendiente de un hilo. Hasta aquellas fechas, la ciudad había sido más o menos respetada por los bombardeos Aliados, quizá como una especie de cortesía por la presencia del papa en ella. Esto cambió el 19 de julio de 1943, cuando un intensa incursión de la aviación norteamericana (entre cuyos tripulantes figuraba el actor Clark Gable), dejó cientos de muertos en el barrio obrero de San Lorenzo, en la periferia de la ciudad, a pesar de que ésta había sido declarada citta aperta. En un gesto desacostumbrado para un hombre de un carácter tan frío, Pío XII acudió de inmediato al lugar del bombardeo y rezó junto a los supervivientes, que se afanaban en aquel momento en buscar a sus seres queridos entre las ruinas. Pío XII fue uno de los personajes más controvertidos de la época, pues su afán, por encima de todo, era preservar su ciudad - especialmente el Vaticano - de cualquier tipo de destrucción, estimando en secreto que la mejor fórmula para ello era llegar a un acuerdo con los alemanes e implicar a los Aliados en la lucha contra el que consideraba el auténtico adversario: el bolchevismo. Pero la situación era demasiado complicada para que uno solo de los actores implicados en el laberinto italiano de aquel tiempo pudiera hacer realidad sus planes: los americanos, los ingleses, el gobierno italiano del sur, los monárquicos, la República de Saló, las fuerzas de ocupación nazi y los distintos movimientos de resistencia eran un cóctel demasiado explosivo como para que pudiera llegarse a soluciones fáciles.

Todavía a finales del verano, con los ejércitos Aliados acercándose poco a poco por el sur, los romanos podían tener esperanza de que la ansiedad de la espera acabase pronto. El mes de septiembre lo cambió todo: Mussolini había sido arrestado en julio por una rebelión del Gran Consejo Fascista. Aunque el nuevo gobierno dio garantías de seguir cooperando a los alemanes, su auténtico anhelo era llegar a una paz por separado con los Aliados, algo que sucedería a principios de septiembre. La reacción de los alemanes fue fulminante: liberaron a Mussolini de su prisión en el Gran Sasso y ocuparon la ciudad de Roma, ante la pasividad de los Aliados, que tuvieron la oportunidad de enviar fuerzas aerotransportadas para ocupar la capital. En la ciudad se vivieron momentos dramáticos, con una resistencia esporádica y desordenada, - entre otras cosas, Katz cuenta el dramático enfrentamiento, frente al arco de Diocleciano entre un Tiger alemán y una lata de sardinas italiana - que pronto colocó a los nazis como amos absolutos de Roma.

La esperanza de ser liberados pronto se disolvió ante los fracasos de norteamericanos y británicos en Montecassino y Anzio. La vida se fue volviendo paulatinamente más dura. Las acciones de la resistencia contra las tropas alemanas hacían que las ordenanzas de los ocupantes fueran cada vez más crueles y restrictivas. En este ambiente se llevó a cabo, casi con total impunidad, y con un clamoroso silencio por parte del papa, la redada contra los judíos de Roma. De los mil que salieron hacia los campos de exterminio, solo volverían quince. Mientras tanto, los romanos de a pie se enfrentaban a condiciones de vida cada vez más espantosas: el hambre y el miedo se estaban adueñando de la ciudad. Pronto se llegó a decir que media Roma se escondía en casa de la otra media. Como dejó escrito Elena, una resistente y protagonista de muchas de las páginas del libro:

"La desesperación y el miedo crecientes, el hambre y las enfermedades estaban consumiendo a la gente. Los bombardeos habían destruido la capacidad de funcionamiento de los servicios públicos, en especial para quienes estaban escondidos. (...) A menudo no había agua potable e incluso las casas de los ricos estaban infestadas de gérmenes e insectos. Pululaban los piojos y para infestarse bastaba con sujetarse al pasamanos de un autobús. (...) Todos estábamos cada vez más delgados y más pálidos y a la gente la ropa le caía holgada..."

Pero el momento culminante de estos meses llegó con el atentado de la vía Rasella, contra un regimiento de soldados de las SS, de los que fallecieron una treintena. La calle, en pleno centro histórico de la capital italiana - yo he tenido ocasión de recorrerla recientemente - es muy estrecha, con lo que los efectos del explosivo, que los resistentes escondieron en un carro del servicio de basuras, se multiplicaron contra los desprevenidos alemanes. Katz logra recrear este episodio casi como si de una novela de suspense se tratara: los preparativos, la larga espera, el miedo, las víctimas colaterales... La reacción de los nazis fue inmediata: detuvieron a una gran cantidad de vecinos y los concentraron junto al palacio Barberini, en uno de los extremos de la calle, ya en la vía Quattro Fontane. Una sencilla placa recuerda hoy en ese mismo punto estos difíciles momentos. Muchos de estos vecinos fueron liberados, pero otros fueron conducidos a prisión. Mientras tanto, Hitler se enfureció al conocer la noticia y exigió que se fusilara a treinta romanos por cada alemán muerto. Al final se consiguió rebajar la cifra de la represalia a diez por cada uno, lo cual tampoco facilitaba demasiado la tarea de elaborar las listas de prisioneros que debían ser ejecutados de inmediato. La masacre se materializó en las tristemente famosas Fosas Ardeatinas, y se convirtió en el episodio más bárbaro de la ocupación nazi de Italia. Mientras tanto, el Vaticano seguía guardando un clamoroso silencio, que muchos interpretaban como un intento de no echar más leña al fuego de la explosiva situación de Roma.

Cuando por fin llegó la liberación, a principios de junio de 1944, la explosión de júbilo de los romanos hizo olvidar momentáneamente tantos meses de privaciones. La Ciudad Eterna se había salvado in extremis de la destrucción segura que hubiera supuesto una lucha en sus calles entre dos poderosos ejércitos y eso era lo más importante en esos momentos, a pesar del recuerdo permanente que suscitaban los ausentes, los que habían muerto antes de poder ver el día de la liberación. En el recuerdo queda la inmortal frase del soldado norteamericano Thomas García, cuando contempló por primera vez la anhelada imagen del Coliseo: "¡Dios mío!, ¡también lo han bombardeado!".

La batalla de Roma es uno de los mejores libros acerca de la Segunda Guerra Mundial que he tenido la oportunidad de leer. Es un relato que se mueve entre la historia y el periodismo para ofrecer un relato verídico de uno de los episodios más apasionantes de este periodo, en el que se jugaba la suerte del más rico legado de la civilización occidenteal. Robert Katz tuvo oportunidad de acceder a archivos inéditos y el detallismo de su narración atestigua la pasión y el rigor con el que se acerca a la historia de la pasión y resurrección de Roma.